La selección natural: un proceso acumulativo.


Hace algún tiempo escribí sobre la posibilidad de que el proceso subyacente a la selección natural de las especies (tanto las especies como los comportamientos de éstas son productos de la selección natural, los separamos por conveniencia) y al aprendizaje o selección de respuestas y conductas siguiera un proceso algorítmico. Una vez planteada esta posibilidad podríamos incidir un poco más en este idea y ver cuáles son las restricciones o condiciones necesarias para que se desarrolle este proceso.




En torno a la teoría de la evolución se afirma, a veces con poco criterio, que es un proceso aleatorio sin más. A los creacionistas les gusta hacer hincapié en esta idea sin embargo critican un hombre de paja. Si consideramos a la aleatoriedad la propiedad predominante en el proceso debemos entonces estar de acuerdo con la idea de que los grandes avances (comunes entre especies), como el desarrollo de los sistemas sensoriales, sistema nervioso y otros muchos logros se deben a un único paso generacional y aleatorio puro. ¿Pero qué ocurre si aceptamos esto? Que sería igual de probable que en la siguiente generación ninguno de esos logros apareciese y menos aún que apareciesen a la vez.

Esto no ocurre porque el proceso de selección natural es aleatorio pero acumulativo. Es decir, las variaciones que resultan ser adaptativas (en visión retrospectiva) se seleccionan y pasan de generación en generación. Por eso, el moldeamiento del ambiente hace que las estructuras adquieran más complejidad. Richards Dawkins ilustra esta magnífica idea en su libro el relojero ciego.





Luis Ignacio De Amores Cabello.

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